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Recuerdo de una noche que no fue

4 septiembre 2009
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Esperé los 10 minutos y luego entré a su habitación. Ella me esperaba allí, de pie, al lado de la cama. En una penumbra generada por la luz de su velador. Vestía solo la musculosa larga que generalmente usa para dormir y una bombacha de algodón.
Cerré la puerta detrás de mi.

Se la notaba nerviosa, con miedo. Yo me mostraba calmo y seguro.
Me acerqué y la abracé. La abracé fuerte y ella a mi. Nos quedamos así un par de minutos hasta que su temblequeo desapareció.

Nos sentamos sobre la cama y nos miramos unos segundos. Luego nos paramos para abrir las sábanas y ella se volvió a recostar.

– “Estoy lista”, me dijo.
– “¿Segura?”, repregunté.
– “Si”, respondió.

Me saqué el jean, me acosté a su lado y nos tapé con la sábana. Ella se puso de costado, para que le haga cucharita. Me acerqué hasta que nuestras superficies hicieron contacto, y rocé con mi nariz su hombro. Luego comencé a besarlo suavemente, mientras con mi mano recorría su brazo. Ella parecía estar a gusto.

Me separé un poco y la hice voltear boca abajo. Ella accedió sin mostrar dudas. Eso me gustaba.

Comencé a acariciar su espalda por sobre su remera. Las caricias derivaron en masajes sobre sus hombros, siguiendo sobre su cuello, por toda su espalda y luego por debajo de su prenda.
Arremangué su musculosa y comencé a besar su espalda. Besos cortos pero frecuentes, recorriendo su columna y alrededores, en clara dirección hacia su cintura. Cuando llegué ahí, la escuché tragar saliva. Pero eso no me detuvo.
Con mis manos recorrí su cintura, de un lado al otro, y luego las volví a pasar haciendo que las puntas de mis dedos se interpusieran apenas entre su cintura y el elástico de la bombacha.

A continuación estiré nuevamente su remera. Seguí bajando y comencé a acariciar sus muslos. Al pasar, besé uno de sus glúteos.
Acaricié sus piernas, del lado externo y del interno. Ella parecía disfrutarlo. Llegué hasta sus pies y besé sus dedos. Luego volví a subir hasta la cintura.

Acomodé mis manos a sus costados y comencé, muy lentamente, a deslizar su ropa interior hacia abajo, al mismo tiempo que recorría con mi boca su coxis.
Se le puso la piel de gallina, pero al poco tiempo volvió a su suavidad habitual.
Mientras terminaba de sacarle la bombacha, mi nariz y boca exploraban el surco que divide sus glúteos.

Me puse al costado, me saqué la camisa y le pedí que se diera vuelta. Ella pasó una de sus piernas por sobre mi cabeza, quedando boca arriba. Noté que sus ojos estaban cerrados.
Me vi de frente con su prolijo pubis y con su hermosa e intacta vagina. Quise comérmela de un mordisco, pero preferí guardármelo para después.

Le flexioné las piernas un poco para que su entrepierna se abriera mas. Acaricié la parte de adentro, donde se une la pierna con la pelvis, y comencé a besarla en ese mismo lugar. Luego pasaba lentamente al otro lado, sobrevolando su vagina y rozándola como si fuera involuntariamente con mis labios y estimulándola con mi aliento. Repetí una o dos veces hasta que se humedeció por completo.

Con mis manos sobre su abdomen y debajo de su remera posé mi lengua sobre uno de sus labios internos, y pude sentir que ella se estremeció.
Deslicé mis manos hacia arriba, pasando por entre sus pechos y bordeándolos nuevamente hacia abajo. Con mi lengua acariciaba, lenta y suavemente, sus labios internos, y luego su clítoris. De a ratos separaba mi boca un centímetro de su vagina y respiraba fuerte sobre ella. Y ella me pedía más con sus gestos corporales.

Sin previo aviso, posé mi boca con firmeza sobre su entrepierna y besé su parte íntima con pasión. Ella explotó y abrazó mi cabeza con sus piernas. Jugué con mi lengua entre sus fluidos. Estimulé sus labios y clítoris, y hasta llegué a besar su orificio anal.
Sus movimientos pélvicos no se hicieron esperar, y sus gemidos tampoco.

Con mi mano tome mi pene, que estaba erecto como nunca dentro de mi boxer. Ella siguió gimiendo y moviéndose mientras yo le succionaba el clítoris y sus fluidos se mezclaban con mi saliva. Con sus manos impedía que mi cabeza me separara un milímetro de su entrepierna. Yo tampoco quería hacerlo.

De pronto, sus movimientos se detuvieron, con los pies apoyados sobre el colchón, su cola separada de él y mi boca muy apretada contra su vagina. Con un leve temblequeo y con un gemido casi sordo. Supe que era su momento culmine, y también fue el mío, que ya no lo pude contener.

Luego se relajó y yo recosté mi cabeza sobre su abdomen. Ella comenzó a acariciarme el pelo mientras ambos recuperábamos la respiración. Al rato me acosté al lado de ella y nos tapamos con la sábana.

– “¿Te gustó?”, pregunté yo.
– “¡Me encantó!”, respondió ella con los ojos casi llorosos.

Nos hicimos nuevamente cucharita, y nos quedamos así, en la cama, mientas su bombacha compartía el piso con mis ropas.

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12 comentarios leave one →
  1. 4 septiembre 2009 23:55

    Sí. Usted está hasta las manos, como yo.
    No le quepa duda.
    Con todo respeto, claro,

    El Profesor
    PD: Si me escribe al correo electrónico, dándome el suyo, lo habilito para que lea cómo Lolita recuerda su primera vez.

  2. 5 septiembre 2009 16:32

    El q esté libre de pecado q tire la primera piedra 😉

    Excelente. Me gustó mucho tu relato.

    Un beso!

    (:

  3. 6 septiembre 2009 12:15

    Uy… esa cabeza está a full! ¿o realmente paso?

    Besos!

    D

  4. 10 septiembre 2009 14:48

    Sublime!

  5. 11 septiembre 2009 13:52

    Me encantó!
    Espero que algun dia, dejes de fantasear y puedas cumplirlo

    • 11 septiembre 2009 14:12

      Disculpá, Daeni, que te contradiga, pero… ¡ojalá nunca deje de fantasear! Aunque sí de acuerdo con lo de cumplirlas. No se si todas, pero alguna que otra no me vendría mal 😉
      Igualmente, cumplir una de mis fantasías con Tatu, hoy es muy complicado. Y lo peor es que, justamente eso, lo vuelve mas erotizante aún.

      Saludos.

  6. 12 septiembre 2009 09:45

    Hay me encanto el relato, muy bueno!!!

  7. 14 septiembre 2009 10:58

    Gracias

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